| Resumen | Si las historias fueran un puro ensamblaje de elementos, cualquiera las escribiría. Pero las buenas historias, por suerte, no son un artefacto desmontable que se haga con piezas y reglas precisas. No se fabrican, se crean a base de talento –un intangible difícil de detectar– y trabajo. Sam Savage, antiguo profesor de Yale, los posee. Lo ha demostrado en Firmin*. Desde Orwell a Walt Disney, muchos han tratado de humanizar animales para decir, a través de ellos, lo que tal vez no se hubieran atrevido a decir de otra manera, sean cosas arriesgadas o ñoñas. Savage ha humanizado a la rata Firmin con un resultado más que notable. Esta rata lectora va descubriendo, al que lee, ciertos aspectos de su faceta de lectora que, de otra manera, no hubiera sabido verbalizar. Junto a la ineludible seducción, lo primero que pedimos a un buen libro es que nos desvele horizontes desconocidos de nuestro propio interior. Toda la vida es un aprendizaje del vivir. Con la paradoja de que, mientras aprendes, se te va consumiendo el crédito de tiempo que se te concedió. En este sentido, la vida es un fraude porque se consume mientras uno descubre las claves para vivirla mejor. Sobrevivir «comiendo» libros De todos sus hermanos, Firmin fue la única que se quedó a vivir en la vieja librería de Norman Shine, situada en la plaza Scollay de Boston, durante la década de 1960. Contra lo que se podría pensar, no fue una decisión cultural sino de supervivencia. Signo de debilidad más que de lucidez: la rata escoge la librería para no vivir a la intemperie. Nacer es sólo una casualidad afortunada. El gran problema es sobrevivir. Apenas nacer, Firmin lo tuvo crudo: «En seguida nos pusimos todos a pelearnos por las doce tetas: Sweeny, Chucky, Luweena, Feenie, Mutt, Peewee, Shunt, Pudding, Elvis, Elvina, Humphrey, Honeychild y Firmin (servidor de usted, decimotercer hijo)». «Fue un milagro que saliera vivo de mi familia», dice. La pequeña rata había nacido con los ojos abiertos, es decir, espabilada, pero muy canija. Sus hermanos, en cambio, más fuertes, eligieron el camino más normal para una rata: buscar la mejor comida, saciar el instinto sexual lo antes posible, procrear y salir al viento de la calle y de la noche, escenario épico de una rata de verdad. Muchos lectores reúnen las condiciones de Firmin: son casuales y casi milagrosos supervivientes. Como Firmin, no quieren renunciar a la vida, pero eligen el camino que escogió ella, un rodeo: leen la vida por no enfrentarse a su rudeza o porque intuyen que así llegarán a conocerla y exprimirla mejor. Su debilidad les hace lectores. Firmin opta, pues, por crecer alimentándose de los libros. Para dejar clara su intención, el autor señala que es el mismo camino que el de don Quijote. Cervantes no hace depender el ser caballero andante –algo real, digno, épico– de un determinismo social o del valor, sino del aprendizaje a través de los libros: «En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. (…) En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de la república, hacerse caballero andante». El cupo de aventura que necesita lo sacará del «desmenuzamiento de Moby Dick», o sea de la lectura de libros de aventuras. La rata, como cualquier lector, anticipa en gran parte su peripecia vital en los grandes creadores literarios, que son, para ella, los que tienen autoridad para enseñar a vivir porque poseen una visión rica y compleja de la vida, y han sabido contarla. Firmin se alimenta de libros, con lo que traza una poderosa metáfora de las virtudes “redentoras” de la lectura. A pesar de los condicionamientos biológicos y sociales, la búsqueda voluntaria y lúcida es fundamental. La rata he hecho un primer recorrido por «su mundo»: la noche, sus basuras y sus congéneres, pero no ha acabado de gustarle. En la librería, en cambio, pronto ve que puede asomarse a mundos que «no son los suyos» pero que le fascinan. Como ella, el lector descubre que la lectura le permite asomarse a todos los mundos de todos los tiempos, pudiendo identificarse con unos personajes y abominar de otros. Rompiendo el tiempo y las distancias, las creaciones literarias, al abrir paso a un mundo paralelo creado por la fantasía, ensanchan la realidad. A medida que va devorando libros la rata comienza a apreciar «una especie de armonía preestablecida entre el sabor y la calidad literaria», lo que le permite comer sólo lo bueno. Metafóricamente, también la alimentación de la mente puede ser cada vez más rica y más adecuada. Lectura y destino: la vida como relato Lejos de sentirse fracasada como rata, el agudizar el intelecto le produce euforia. Por fin, llega a ser capaz de hacerse esta extraña y gozosa reflexión: «¿Será posible que, a pesar de mi dudoso aspecto, yo tenga un Destino?» La idea de destino no le viene de su naturaleza, la ha aprendido curiosamente en los relatos, que «tienen sentido y dirección». A ella le gustan. «Me encanta la progresión del planteamiento, del desarrollo y del desenlace. Me encantan la lenta acumulación de significados, los brumosos paisajes de la imaginación, los recorridos laberínticos, la laderas boscosas, los reflejos de los estanques, los giros trágicos y los deslices cómicos.» Los relatos, que van encaminados a un destino, le enseñan, que como cualquier personaje, por pequeña que sea, puede tener en ellos una gloria. A partir de ese descubrimiento afirma que le cuesta «mucho trabajo afrontar la vacua estupidez de una vida corriente, sin relato». La lectura le ayuda a construir su propio relato. Sin embargo, la erudición y la sensibilidad que le ha despertado la lectura no cambian las condiciones de su existencia. Se ve condenada al silencio, a esconderse en la oscuridad… Una doble oscuridad porque, al no poder hablar, «todas esas frases tan bellas que me revoloteaban por la mente como mariposas, de hecho estaban presas en una jaula de la que nunca lograrían evadirse». A pesar de esas limitaciones, se ve muy superior a los suyos quienes, «gracias a la enanez de su imaginación y el corto alcance de su memoria, no era gran cosa lo que pedían: más que nada, comida y fornicación». Firmin aspira a mucho más. Va probando todo tipo de libros. Reivindica a los que considera «Grandes autores» –una relectura atenta de este libro permitiría construir el canon de autores que, según Savage, habrían de figurar en el camino de aprendizaje de cualquiera– pero también rompe una lanza a favor de la libertad de gustos del lector al afirmar que el personaje que más le gusta es el fantasma de El fantasma de la ópera, aunque el autor de ese texto, Gaston Leroux, no sea uno de los Grandes. La lectura, con su poder de configurar su yo, le lleva a Firmin a ser más consciente de lo que representa ser una simple rata. La euforia de identificarse con personajes de los libros que lee no impide que el librero Norman Shine le ponga matarratas y esté a punto de matarla. Leer es vivir Huyendo de la librería de la plaza Scollay, se refugia junto a Jerry Magoon, un escritor fracasado. Esta segunda etapa de su relación con el mundo de la escritura tampoco será muy alentadora, pues quien es capaz de crear maravillosos mundos literarios es un marginado. Incluso su familia le da de lado. La rata comprende lúcidamente que, al final, no escapará a su destino de rata: morirá y la cogerán por la cola y la enterrarán sin ninguna consideración. Pero mientras tanto, aún es capaz de imaginar que se va con Jerry hacia San Francisco. En ese viaje imaginario les acompañan dos de los Grandes, Jack London y Stevenson, a través de cuyos libros ya sabe de antemano lo que es atravesar el Misisipi o cruzar las Montañas Rocosas. El leer, viene a decir, hace vivir anticipadamente. La lectura le ha llenado el zurrón de la memoria a la que da una gran importancia. «Nada existe más allá de un instante, salvo las cosas que retenemos en la memoria. (…) Prefiero la muerte al olvido.» Incluso decide conservar en su memoria a la madre de Jerry, a pesar de la repugnancia que le ha causado ver que, a la muerte de su hijo, no se queda ni siquiera con sus manuscritos. Será un personaje tipo de los que no dan valor a la creación. Firmin mezcla los recuerdos con los sueños, porque todo relato está construido con la materia de los recuerdos transformados por los sueños de la imaginación. Y eso sólo ha podido hacerlo alimentándose de libros. Norman Shine y Jerry Magoon, que fueron parte de su vida, acaban desapareciendo. También derrumban la librería y el cine donde veía a las Beldades, las actrices, el mundo humano idealizado. «La demolición deja al descubierto un país entero de ratas.» Esta novela es un canto a una existencia ilustrada, pero nada solemne ni orgullosa, sino cargada de humanidad y de humor. ______________ * Sam Savage (2007): Firmin. Aventuras de una alimaña urbana. Traducción de Ramón Buenaventura. Ilustraciones de Fernando Krahn. Barcelona, Seix Barral. |
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Carmen A.G. -